El pasado 8 de agosto, Eugenie Bouchard fue eliminada al inicio de la Copa Rogers de Toronto. Es la décima vez en este año que la canadiense no supera la primera ronda de un torneo. Periodistas y aficionados en Canadá se preguntan qué ha ocurrido para que la mayor gloria del tenis de ese país vaya de fracaso en fracaso. Al mismo tiempo, Bouchard goza de gran fama, aunque por asuntos ajenos a la raqueta.

El runrún venía de lejos y cobró mayor intensidad cuando Novak Djokovic, el número cuatro del circuito, deslizó después de abandonar en los cuartos de Wimbledon que lo mejor tal vez sería frenar en seco: “Nunca antes había sentido tanto dolor. Cuanto más juego, peor me va”. Entonces, hace solo un par de semanas, el de Belgrado sugirió la posibilidad de no volver a competir esta temporada, algo que ayer oficializó. El motivo, una fuerte dolencia en el codo derecho que arrastra desde hace un año y medio.

La amistad logra lo (casi) imposible. Rafa Nadal es uno de los tenistas y estrellas españolas más herméticas que existe en el star system. Difícilmente el 15 veces ganador de un Grand Slam está dispuesto a compartir detalles de su vida íntima. El mallorquín prefiere pronunciarse solamente sobre el ámbito profesional. Pero a veces la suerte de que el entrevistador sea parte de su núcleo de amigos hace que Nadal rompa un poco esa coraza con la que protege su intimidad. Eso fue lo que ocurrió con la entrevista que realizó con el extenista argentino, y muy amigo suyo, Juan Mónaco.

Madrid. Sábado a las 3 de la tarde. 40 grados en la calle. Tarde de sofá y peli. O mejor, tarde de sofá y Wimbledon. Garbiñe Muguruza se enfrenta a una diosa del tenis, Venus Williams. Pero muchos españoles no podemos ver la final y no porque no nos interese, sino porque solo la emiten en la televisión de pago. Yo quería (y mucho) ver a Garbiñe.

No sabía si escribir de Roger Federer o del eyaculador de Newark y se acercaba la hora de entrega de la columna, así que decidí engarzar a los dos.

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